EFECTO NO PREVISTO: Algo sobre la creación literaria

Es curioso ver cómo una cosa te lleva a otra sin premeditación alguna, en este caso, ha sido el irme desde una desorganización en mis archivos virtuales, hasta una observación sobre la creación literaria, tras remontarme a una época especial y difícil de hará unos tres años.
Hace unos días, al intentar poner orden, una vez más, entre el desorden habitual en que se mueven mis textos, poemas, reflexiones, imágenes, videos en el mundo del P.C. la tablet, y no sé cuántos pendrivers, encontré una carpeta con los seis últimos capítulos de una serie de TV que me interesó en su momento. Al ver la carpeta me di cuenta que no recordaba bien cómo finalizaba, sin embargo tenía muy presente que el sabor que me quedó de estos capítulos finales no fue demasiado bueno porque en ellos parecía que todo el mundo iba contra todo el mundo, si en las temporadas anteriores giraba la trama en torno a un solo asesinato, aquí ya habían unos cuantos nada más empezar, y todos los personajes se habían vuelto perversos, siempre malhumorados, casi descontrolados y fuera de sí, los dos personajes principales: una inspectora de policía y su ayudante, que anteriormente habían formado muy buena sintonía, se llevaban casi a matar, escuchamos de pronto frases entre ellos dos como “¡Que te follen!”, “¡Que te follen a ti!”, etc. Y decidí volver a ver estos capítulos.
Cosas como éstas son las que yo iba recordando de la visión anterior: las escenas malditas; cadáveres, traiciones, sangrías, enfrentamientos entre padres e hijos y demás adornos adecuados. Yo todavía conservaba con claridad el quién y quiénes eran los asesinos, el por qué y cómo los descubrían, las implicaciones policiales… pero había cosas que volvía a verlas como si fuese la primera vez, sobre todo la relación entre personajes subalternos y finalmente entre los dos policías: era nuevo para mí, parecía que la primera vez hubiera pasado con el avance rápido las escenas y situaciones que ahora me estaban dando otra visión menos ‘erizada’ que la primera, y no se podía tratar de un remake porque la copia era mía: sin manipulaciones.
Esto me llevó a recordar cual era mi estado anímico cuando vi estos capítulos por primera vez, hacía tres años, y comprendí que esa era una de la causa del cambio en mi apreciación, pensé entonces en lo importante que es la base desde la que vivimos las experiencias, pero es que inmediatamente mi atención se fue a otra época más próxima a la actual en que estaba absorbido en la lectura, o mejor, estudio, de un libro sobre crítica literaria dirigido al lector (de poesía en este caso), y me acordé que cuando ya llevaba leído más de la mitad del libro, había algo que no me acababa de encajar: sencillamente no lo entendía en toda su magnitud y no estaba obteniendo lo que esperaba de él, hasta que un día (Y fue en el metro), caí en la cuenta de que lo estaba leyendo desde un lugar situado en el extremo contrario: yo lo leía desde la perspectiva del escritor, como si fuese un tratado sobre la creación y experiencia poética orientado al creador, cuando era una obra destinada al lector. Eliminé todos los apuntes y apreciaciones (y cabreos) del camino hecho, y volví a comenzar —desde el prólogo—, situándome en la perspectiva correcta, entonces todo resultó diferente.
La observación de estas dos circunstancias, fue que en el época de la serie de TV, mi mujer y yo estábamos padeciendo — casualmente al mismo tiempo—, un problema de enfermedades muy graves en nuestras propias personas, y mi estado anímico durante esa época no era precisamente el más espléndido ni luminoso: el pesimismo, la impotencia, la sensación de dificultad y negrura hasta en el aire, era casi habitual, ése era pues mi talante, verlo todo a través de un filtro que sólo dejaba pasar lo que estaba en armonía con mi mal ánimo: el mismo que el personaje de la inspectora de policía: éramos compañeros de espíritu; vemos lo que se adapta a nuestro esquema del momento, lo que no, se desecha, y en el caso del libro de crítica, también era evidente mi posición errónea: yo escribo, y aunque más importancia le doy a la lectura que a la necesidad de escribir, siempre es esta última la que más me preocupa y la que más tiempo y atención me consume, por tanto me dejé caer en el terreno equivocado: el de la creación propia, es decir, el terreno del que habla y no el del que escucha; ésa había sido la causa que vino provocada por un problema de ubicación.
Cuando después de este viaje por alguna de mis analogías personales volví al presente con la duda de si siempre estoy en el lado apropiado, lo primero que me pregunté es en qué esquina me sitúo cuando quiero —o necesito—, traducir algo a palabras: escribir. ¿Cuál es la postura, la motivación, el ánimo con que me acerco a aquello que quiero hacer? ¿Somos conscientes, cuando comunicamos algo sobre el papel, que nosotros mismos podríamos dar otra versión o un sentimiento completamente distinto, y otro, y otro, sobre lo que vamos a decir? –sea en la forma que sea. ¿Hemos pensado lo suficiente, hasta estar seguros, de que lo que vamos a escribir es coherente con uno mismo? ¿O simplemente escribimos por una cuestión estética, decorativa, para satisfacer nuestra vanidad? Escribir es serio, porque cuando uno escribe está creando algo que al mismo tiempo también le está dando forma al autor: es un efecto recíproco. Si escribimos sobre una base deformada o fantasiosa o equivocada, podemos acabar creyéndonos que somos nuestros propios espejismos, pensé en el daño que, sin darnos cuenta, a la hora de escribir pueden hacernos los prejuicios, las ideas preconcebidas, los estereotipos, los cliches que se nos han colado por la puerta falsa, y que es trabajo interno del escritor acabar con todo el lastre que impide experimentar la realidad con la sentimientos propios aligerados de esas cargas externas y plomizas. (Y a causa de este pensamiento, aún fui a parar a otra idea relacionada con esto que prefiero ampliarla en otro momento).
Hay un dicho japonés que dice que cuando llevamos un martillo en la mano vemos clavos por todas partes. Quizás, llevar un martillo sea importante y necesario, pero también es necesario tener la otra mano libre y con los dedos muy sensibles y bien templados para cuando convenga hilar fino.
Al final, estuve contento de volver a saber cómo acababa la serie, porque concluía con un pseudo happy-end con cierto mensajito de llamada a la esperanza y a no confiar exclusivamente en la soledad. No lo recordaba en absoluto.
Por cierto, mis papeles eléctricos siguen tan desordenados como siempre. Gracias.

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