Ángel loco

Ángel loco, no recuerdo dónde nos conocimos, puede que al girar por una esquina o en aquel viaje que hice cuando los recuerdos no ocupaban todavía demasiado espacio, y ya no nos separaríamos hasta poco antes de mi cita con Rilper, el del barco.
Entre un suceso y otro, Ángel loco ¿cuántas veces habremos dormido bajo el calor y sobre el frío? Sin más compañía que nuestra tranquila e irreprimible soledad me llevaste por esas calles que no retenían ni el eco y por carreteras de dirección única que nosotros hacíamos a la inversa.
Loco Ángel loco.
Siempre a tu lado, más allá de la amistad, del amor y del tiempo que nos dieron para compartir; mientras inseparables nos íbamos haciendo como si fuésemos sólo uno y así supiste de mis sentimientos, de todos: sol, alegría, tormenta, podredumbre, camino, abismo y desiertos de los que me ayudaste a levantarme o cimas hasta las que no me dejaste volar. Y cuando tú querías correr, corríamos, si llorar, llorábamos; cantamos, reímos y nos explicábamos nuestras verdades y luego: silencio, silencios, porque entre tú y yo, Ángel loco, me enseñaste que no siempre las palabras eran cosas precisas ni exactas.
No sé si llegué a conocerte bien porque fuiste como una sombra sólida; supe poco de ti, puede que nada. Es lo que más siento ahora mientras te escribo esto, a punto de embarcarme en lo de Rilper, y decirte que me voy con el recuerdo muy presente de cuando intuí que nuestra separación se aproximaba porque comenzaste a pasar horas callado, y eras de un color gris y opaco y también comenzaron a separarse los días en que me empujabas para ir hacía allí o hacia allá (Tú, que siempre decías que, a pesar de que no siempre es necesario caminar para avanzar, lo que se mueve es porque está vivo); se hicieron muy espesos aquellos días finales, a veces era yo quien intentaba animarte y tú sonreías, una broma, y luego el vacío de nuevo y un espacio yermo, sin vértices ni aristas.
Te dije una mañana que había soñado con Rilper, te expliqué que en el sueño él bajaba de su barco, tan elegante, con su traje blanco y camisa azul, bronceado y cabellera plateada, fumando su pipa de ébano y tan firme como yo me imaginaba que era.
“Se me acercó al oído —te lo dije así— y me dijo que tal día a tal hora —hoy—, me esperaba en su camarote porque debíamos marcharnos.”
Me cogiste entonces de la mano y me llevaste a un solar miserable lleno de desventura y silbo entre matorrales secos. Ángel loco, allí comenzarías a hablar en un idioma que yo no entendía, durante horas hablaste con palabras de otro mundo, pero las palabras de tu mundo no servían para el mío porque sólo eran útiles para crear formas, colores y emociones que no podían ser captadas por el oído ni el ojo humano, pero sí que comprendí que en tus palabras —que no eran— estaba todo lo que tuvimos y lo que imaginamos, lo vi tan claramente como sé que aún estoy vivo. Luego nos levantamos y bebimos hasta que oscureció y en la ebriedad, tan lúcida como serena, casi me arrepentí de haberte conocido, aunque no logro aún ni imaginar cómo hubiese sido mi vida si no hubieses aparecido tú, Ángel loco.
Nos despertamos —aunque no estoy muy seguro de que llegásemos a dormir—, cuando el sol ya flotaba un poco. Y los últimos recuerdos que tengo de ti es cuando cogiste tu mochila, te fuiste alejando y no paraste hasta que ya nos separaba todo lo que nos podía acercar; giraste la cabeza, levantaste el brazo derecho y sin decir nada moviste la mano de decir adiós.

¿Así eres con todos los demás? ¿Los hay?
Renegué de ti, y hasta es posible que llorase cuando por fin comprendí mi soledad.
¿Crees que algún día nos volveremos a encontrar?
¿Crees que algún lugar del tiempo habrá en que volvamos a errar los dos por las rutas de lo improbable?
Y si una tarde nos encontrásemos de cara ¿miraremos a otro sitio y haremos ver que no nos conocemos, o será por que habremos cambiado tanto que ya ni siquiera seremos nosotros?
¿Crees que eso es posible?
Pero es que entonces ¿Para qué ha servido?

Ya no hay tiempo para que alcance a conocer tus respuestas. Muy pronto, demasiado pronto, le podré preguntar a Rilper, pues muchas veces he pensado que él lo sabe todo, pero aunque lo sepa es inútil esperar su respuesta, porque él sólo enseña a olvidar.

Adiós, Ángel loco, quien sabe si a punto de comenzar otro viaje —porque dicen que hay más—; o si a la vuelta de una esquina; o si sentados por casualidad en un banco de espera…

Ll. L. S.
Junio’2017

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One thought on “Ángel loco

  1. Hola,
    hoy he descubierto tu blog y esta ha sido la primera entrada que he leído. He de confesar que me ha gustado y seguiré buceando en tus escritos.
    Me gustaría invitarte a que pasaras por El zoco del escriba para tomar un té juntos y hablar de lo que prefieras.
    Alberto Mrteh (El zoco del escriba)

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