CRÍTICA NEGATIVA A UNA MALA NOVELA

Lectura duranteloquenotemata el spleen de unas cortas vacaciones: ‘Lo que no te mata, te hace más fuerte’ de David Lagercrantz.  Me había propuesto no escribir nada durante estos días, pero de vez en cuando un poco de ‘mal rollo’ también va bien: por lo de la adrenalina.

    Me gusta la novela negra como lectura de descanso y por todas las posibilidades que ofrece este género. Al azar y, sin más recomendación que porque me gustó la portada y el título, elegí: ‘Lo que no te mata te hace más fuerte’.  Novela de encargo editorial, producto del empuje de la saga ‘Millennium’ de Stieg Larsonn, de la que toma los protagonistas principales que aparecen en ‘Lo que no te mata…’

     Mikael Blomkvist, el director de la revista Millennium, que está pasando por un mal momento debido al declive de la, en otro momento, primera revista en su estilo, recibe una llamada de alguien a quien, en principio, toma con desgana y escepticismo. La persona que se ha puesto en contacto con él, un tal Linus Bradell, le informa de que un importante creador de juegos de alto nivel informático, para quien él trabaja, ha visto hackeado un juego que se estaba construyendo en secreto con tecnología de inteligencia artificial, pero, de pronto, parece ser que esa tecnología está en manos de empresas de la competencia disponiendo de la esencia del juego y de su fórmula de elaboración. Mikael, con otras preocupaciones en su cabeza, no le hace demasiado caso al informante, quien continúa explicándole que Frans Balder —el diseñador del juego y catedrático de cibernética— había contratado a una súper hacker para que investigase la posibilidad de que el juego pudiese haber sido espiado a pesar de las poderosas medidas de seguridad. La súper hacker acabó descubriendo que, en efecto, el sistema fue atacado y duplicado remotamente.

  La descripción que del hacker hace Linus comienza a levantar el interés de Mikael porque le recuerda a alguien muy bien conocida por él, hasta que, al oír su nombre, el periodista termina por despertarse de golpe y reaccionar como si le hubiesen sacudido con violencia: Lisbeth Salander, la excéntrica punk, y brillante informática, con la que se las había visto en la historia inicial de Stieg Larsson. Sin pensárselo más, Mikael sabe que debe involucrarse y, así, poco a poco, el rastro del pirateo hecho sobre el juego virtual, les lleva a una red de espionaje industrial en el ámbito internacional de alto riesgo, sobre todo por la implicación que en asuntos de seguridad nacional tiene el uso de la tecnología basada en I.A.

    A las pocas páginas leídas, ya me di cuenta de que me había equivocado: en primer lugar, la moda de las fechas, todo ocurre en un tiempo récord, como en las series baratas de TV: para dar dinamismo al asunto comprimamos el tiempo y todo el mundo irá deprisa. Esto es atractivo. Se abren en seguida varios escenarios diferentes con sus  personajes dentro; escenarios que se van abriendo y cerrando cada pocas páginas, conservando la fidelidad a los estándares de telenovela  aplicados hasta la saciedad: en la última línea  de cada secuencia correspondiente a un escenario determinado, un  salto y el relato cambia de contexto y nombres –otra cosa —; lo anterior queda en suspenso, y controlando que cada una de estas secuencias-escenario sean más breves conforme nos acerquemos al final: para lo de la prisa.

  Se sigue aplicando  el manual de auto ayuda: los personajes son construidos con  la plantilla standard: caracteres tópicos y planos, haciéndolos entrar ya desde el principio a borbotones para hacer confundir al lector porque  después no los va a poder controlar a todos, y, sin que sea necesario, se nos explica la vida y portentos de aquellos personajes que no tienen más relevancia que la puntual del momento: personajes a quienes no hace falta darles ni nombre, y este defecto de abrir personajes que no tienen más duración que lo que cuesta leer esos nombres, se produce hasta las páginas finales, cuando lo normal es que si a  un personaje no le das nombre ni lo perfilas demasiado, ya estás diciéndole al lector que a ti, como autor, no te interesa en absoluto, pero te hace falta para lo que sea (Reconozco que, durante la lectura, me he saltado páginas de exceso descriptivo con estos personajes fugaces sin que luego haya tenido que volver atrás para averiguar algo del intruso). Aunque si algo tienen en común casi todos los individuos que intervienen, sean del estamento que sean, es el lenguaje forzadamente soez y el ser retratados como seres unidimensionales, resabidos, de historieta, sin relieve humano ni sicológico; de serie barata de TV, como hemos dicho.

   No he leído nunca una novela donde aparezca tantas veces la palabra ‘mierda’ (propongo nominar esta novela a un Guinness).  El empleo de ciertos lenguajes es buen mecanismo para lograr un efecto descriptivo, realista o de rechazo en el lector. Pero aquí, y no sé si es culpa del autor o de la traducción, se usan en exceso esas muletas ordinarias tanto en boca de personajes a quienes no corresponde; ni es necesario para darnos idea de su perfil; ni en la voz narradora. Si esta estrategia se ha hecho exprofeso para darle un aire de modernidad, de calle, de naturalidad o de estar a la vuelta de todo para aproximarse a públicos menos críticos (lo cual sería comprensible), yo creo que, lo que consigue, es todo lo contrario al empobrecer y entorpecer un poco más el conjunto del texto. Y aplico el verbo empobrecer por no pegar una vez más el que pondría el señor David o sus traductores. Que no lo sé.

   Y es que el empleo de dicha palabra por parte del narrador, sí que es inaudito, porque aquí demuestra que el autor, como no tiene más recursos para dibujar al personaje, habla él, pero emulando a su personaje, con lo que la posición del narrador queda deformada y el personaje desfigurado e incompleto ¿Por qué no deja que sean ellos quienes se expliquen con sus vocabularios adecuados, y que él únicamente intervenga en aquellas ocasiones donde la presencia de los actores sea imposible? Tampoco sabemos el porqué, pero queda de un “cutre” monísimo. Al sustantivo referido le siguen, aunque con menos protagonismo: ‘joder’, ‘hijo de puta’ y no recuerdo si alguno más.

    En el terreno de los excesos y abusos, está el de la publicidad encubierta, a la descarada, sobre todo en lo referente a un teléfono móvil con su correspondiente sistema: si elijo yo y pago yo por un libro ¿Por qué el autor, o el editor, me han de colar publicidad de una marca X, que si hubiese sido inventada no habría variado en nada el desarrollo? Porque finalmente la marca X o N tampoco contribuye en nada a la historia. A veces, es un recurso nombrar determinadas marcas para asociar al personaje a un determinado modo de vida o como refuerzo de imagen: Coca-Cola, Ferrari, Moët & Chandom…  pero en esta novela se les ve demasiado el plumero.

   En el mismo capítulo de los excesos incluyo las referencias reiteradas a la situación meteorológica del lugar. Yo ya casi esperaba que al final el malo sería San Pedro: ‘Deus ex machina’. Repetición también inútil porque tampoco ayuda en nada por absurda y fuera de lugar; con una pincelada muy de tanto en tanto es más que suficiente. Los románticos usaron la naturaleza, o el clima, con un arte y una implicación lírica que este escritor debería revisar para saber lo que se puede hacer pero que a lo mejor no conviene; lo que se puede hacer porque es necesario; y lo que no se puede hacer ni hace falta hacerlo. Por suerte no se enreda a darnos clases magistrales de cómo funcionan las isobaras, los hectopascales, o los principios de la méteo en Saturno porque podríamos sucumbir en una depresión polar.

    No lo he dicho en broma, porque el autor, bien por su propia voz (¡)  o a través de cualquier otro,  no se reprime a la hora de darnos ‘charlas culturales’ sobe la sicología, el funcionamiento de las estrellas, los agujeros negros,  numerología o los superordenadores (casi al final, un personaje se empeña en explicar la superposición de la lógica en los ordenadores convencionales frente a los ordenadores cuánticos, cuando lo único que quiere decir —aunque se podría prescindir de esta información, por inútil—,  es que los ordenadores convencionales funcionan con la lógica del sí o del no, digitales, mientras que los cuánticos pretenden jugar con distintas posibilidades al mismo tiempo. Demencial).  Pero es que este es un recurso que se emplea con exceso cuando un escritor quiere apabullarnos con una demostración de lo mucho que sabe —Solo se ha documentado con ayuda de Wikipedia— sobre un tema cualquiera; recurso que no somos quiénes para criticar a Herman Melville en Moby Dick respecto a su ‘conferencia’ sobre las ballenas, pero es que no todo el mundo es Herman Melville, y él tampoco lo hizo para rellenar hojas y tapar deficiencias propias.

    En general hay un exceso de cosas que sobran y un exceso de ausencias: sobran páginas y nombres que no aportan nada, y si en una novela algo o alguien  no aporta nada, ni siquiera un adorno necesario, lo que hacen es ocupar sitio, tiempo y enmarañar, aunque, posiblemente, sea éste el objetivo, faltando lo que, para mí es el verdadero arte en este género: entretener, convencer, sorprender, y dejar pensar al lector por su cuenta,  sin que sea obligatorio pretender fundar con cada título una escuela clásica. Hay quien al crear un objeto lo complica en su función o en su diseño y creen que con eso dan imagen de inteligencia y profundidad al objeto creado, pero a mí me parece que la inteligencia no se demuestra en crear complicaciones sin fundamento, sino en saber explicar de la forma más sencilla posible lo que por su propia naturaleza ya es complicado. Y en este sentido nos introducimos en una trama enredada de forma artificial en la ya establecida línea novela-basura de los ‘Códigos da Vinci’ y su escuela: usar y tirar, o ni comprar, para no tener luego la rabia de pensar que una parte de nuestro dinero ha servido para comprar humo. Aunque puede servir de modelo de cómo aplicar los consejos de cualquier manual de: ‘¿Quieres vivir del cuento?: pues escribe tu novela en quince días’.

   Lo único acertado es el título de la novela, capta la atención, es la frase de Nietzsche aplicada aquí a Lisbeth Salander; un personaje (propiedad de Stieg Larsonn) que a mí me parece que es el mejor tratado, pero sin matarse demasiado. Yo creo que se le podría haber sacado más color y morbo al hacker si se hubiera profundizado en sus aristas y claroscuros, lástima que al final lo emponzoñe con no sé qué personajillo de comic americano, porque si el título es aplicable, con acierto, a Lisbeth, al lector, la novela no sólo no logrará que muera de placer con su lectura ni de miedo subjetivo, sino que, además, tampoco saldrá fortalecido en nada.

   Aun así, somos afortunados, porque cuando deseamos acercarnos a este género de novelas y encontrar trastos como esta, podemos acordarnos de que hay y ha habido, no sólo autores extranjeros, sino aquí, en nuestro propio país, escritores y escritoras con los que sí que podemos dejarnos morir de vez en cuando por el placer de leerlos y ver cómo conducen buenas y sustanciosas historias oscuras.

L.L.S.

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