MACBETH (Unas líneas acerca de la unidad temática: la ambición)

Las brujas de Macbeth

Siento cierta inseguridad al hablar sobre una obra de la que, estudiosos y críticos importantes, ya han dicho casi todo lo que se podía decir, pero en mi caso, es por asociación con “la importancia de ceñirse al tema”: una premisa  que he leído en un artículo sobre la creación literaria.

  Hablo de La tragedia de  Macbeth —leída de nuevo de un tirón, como si la viese en un teatro real— porque en el artículo se hacía oportuna referencia al tema y a la unidad respecto a la idea central que debe evidenciarse, de una forma u otra,  en el mundo creado por y para la obra; unidad hacia la intención principal que el autor debe transmitir respecto a lo que el tema conlleva y respecto a lo que no es tan evidente.

  En la pieza teatral, el tema que se hace palpable desde las primeras escenas, es la ambición insana, entendida como codicia —deseo negativo en este caso—, sobre todo cuando esta se convierte en obsesión por el poder y por poseer tanto el dominio de la  jerarquía como por ampliar la expansión del área  personal del  mando y la suprema autoridad, cueste lo que cueste —aunque no se nombren riquezas ni lujos en ningún momento.

  Si la ambición comporta desconfianza, traición, suspicacias, control sobre las personas, violencia de todo tipo y conflictos que desencadenan nuevos conflictos, en Macbeth todo esto se muestra claramente; son como las piedras sólidas con que se apuntala el tema central: puntales y elementos negativos que desplazan las cualidades positivas que podrían desviar la atención focalizada en el tema principal. Aquí no hay sentimientos nobles, ni virtudes,  ni se aprecia respeto desinteresado por los demás  y, con esto, también desaparece la dignidad y el concepto íntegro de uno mismo, porque la idea obsesiva conlleva también la pérdida de la noción de la realidad.

  En la persona de Macbeth rey, la percepción de la realidad se deteriora para interpretarla de acuerdo con su deseo descontrolado, por tanto, los momentos en que se podrían crear ciertas contradiciones como son la duda, la debilidad interna o un atisbo de auto recriminación, acaban en delirio, locura  o suicidio de algún personaje y, siguiendo un consejo del curso,  la no obtención del deseo del protagonista le conduce a crearse más dolor, en este caso es encontrarse con el vacío interno:  si pierde el poder ¿Qué queda dentro? nada, porque en  la mente de Macbeth  lo único que hay es, una vez más, la ambición.

  Pero la ambición ejercida de esta manera genera  venganzas —motor poderoso en  la tragedia. En esta obra nadie quiere a nadie, el afecto varía en función de la utilidad que se puede obtener del otro, sea en el matrimonio, en la relación entre padres e hijos o en la aparente amistad. Y todo está escrito así para obedecer a la unidad temática central como un conjunto empujado por un fuerte viento que no varía la dirección  hacia la unidad del sentido.

  No hay en todo el texto concesión alguna a la belleza poética que, procedente del exterio,  pueda permitir la irrupción de un factor equívoco hacia el eje en el que gira el drama, por tanto, el clima y la atmósfera son densos y oscuros, como la cueva diabólica donde se reúnen las tres brujas, contribuyendo también sus escenas a dar forma a lo que tan sólidamente ya se ha creado a lo largo de los cinco actos. 

  En la obra, aparecen frases y reflexiones de antología. Una que me ha gustado mucho es cuando alguien dice que Macbeth ha matado al sueño, aunque en el diálogo ¿se refiere al sueño como acto físico que el personaje no puede tener a causa de sus tormentos  internos o, al sueño entendido como la necesidad limpia de una vida feliz en armonía con la realidad bien percibida…? Pero es que, en el mundo de Macbeth, este deseo humano, no digamos su materialización, ya  no es posible: su idea fija  lo ha  apartado de su horizonte. 

  También, como un apunte más -uno de tantos—,  en uno de los diálogos del primer acto, aparecen un par de referencias a la conciencia sometida al control de  la mente, es lo que hoy se conoce, más o menos, como mindfulnes. Quizás  Shakespeare ya tenía bien clara esta circunstancia: la mente como un caballo loco que pretende dominar  con su voluntad todo el conjunto  sicológico de la persona, en este caso, la mente como generadora de desquiciadas ambiciones.

  A mí,  la lectura atenta —por otros motivos— del artículo mencionado  me ha servido para dos cosas: la primera, como eficaz recordatorio acerca de la importancia y la unidad en la narrativa por lo que al tema se refiere y, la segunda, establecer una clara analogía con muchos personajes que, históricos o de nuestro espacio social —aunque quizás sin tanta furia—,  nos ha tocado conocer con el omnipresente tema de la ambición como motivo de su vida.

Gracias

Luis López Sanz 

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