ESCRIBIR EN FORMENTERA (Artículo)

Artículo que publiqué sobre la posible influencia que la isla puede ejercer en el hecho de escribir en ella, aunque no necesariamente acerca de ella. Publicado en el libro monográfico ‘FORMENTERA RITRATTO DI UN’ISOLA ‘ por la profesora Katiuscia Darici de la Universidad de Verona.

 

FORMENTERA Ritratto di un’isola

 ESCRIBIR EN FORMENTERA

Luis López Sanz                                                                                       

A Concha

“El vent m’acarícia amb suavitat, vent de garbí. Em pregunto si per escriure bé cal sufrir”  Montserrat Roig, L’Hora Violeta. 

Desde la primera vez que pisé la isla de Formentera hasta la  última, no he dejado de plantearme la casi fantasiosa idea de trasladarme allí  durante un largo tiempo para escribir, y desde la primera vez hasta la  última (apartando a un lado la pregunta de qué iba a vivir), el planteamiento ha cambiado, ha madurado y se ha complicado.

  La reflexión es una pregunta y sus consecuencias: ¿Qué influencia puede ejercer Formentera en el escritor de fuera en su  labor de creación?. Tanto si el escritor tenía antes de desplazarse a la isla una idea preconcebida de su trabajo, como si no  la tenía, puede que lo haga empujado por dos  intenciones: una intención es escribir acerca de Formentera, y para eso es necesario  impregnarse sobre el terreno para añadir  realidades a lo que no era más que una imagen; la otra intención puede ser no escribir acerca de la isla, sino escribir en Formentera.  Éste último motivo es del  que quiero hablar, y enseguida  me viene a la memoria el ejemplo de Maurice Béjart, cuando  trasladó desde Paris a Lausanne la sede de su compañía  ‘Ballet du XXe siècle’, porque él consideró que en esa ciudad había pocas distracciones que perturbasen el trabajo de todo el grupo.

Observo muchas veces, sin ninguna actitud religiosa ni mística, esa pequeña figura de bronce que ronda por encima de  mi  mesa de trabajo: representa a Shiva, el dios hindú en su danza eterna de destrucción  y  resurrección dentro de un círculo cósmico.  Al margen de los muchos símbolos que contiene esta estatua,  el que más me atrae es el del animal indefinido  con connotaciones  humanas en su rostro sobre el que se apoya la figura. El animal medio humano pisoteado por el pie derecho del dios  —  porque no se apoya en él, sino que lo pisa y controla —, representa  la distracción,  lo superficial y lo innecesario que nos fascina y desvía de nuestra conciencia u objetivo primordial: la creación literaria en este caso.  Formentera puede ser algo parecido a ese ser incierto al que subyuga el señor de la vida y de la muerte, pero será una amiga silenciosa y favorable si sabemos leerla y escucharla, es entonces cuando podrá ayudar a descubrir nuevos significados a las percepciones y reflexiones con que el escritor se relaciona y convive con la realidad.  Para explicar gráficamente esta imagen,  elijo una palabra de mi diccionario secreto de palabras bellas: Despertar. Verbo bellísimo en castellano, en catalán, en  italiano y en francés: Despertar en Formentera.

Aunque el hecho físico de despertar en la isla a cualquier hora del día o de la noche, puede ser una experiencia plena y hermosa, el despertar internamente es adentrarnos en el sentido de vivir como poeta. La diferencia entre ambos significados es que en el primero te llenas rápidamente de un estado de ánimo vivificador, pero caduco, mientras que en el segundo es un despertar lento y profundo, de días,  con el que al principio incluso pueden presentarse  cuestiones  desagradables, porque todo vómito es repugnante,  pero  hay que dejarlo que llegue hasta el final y que Formentera actúe como templo de catarsis; hasta que nuestros sentidos, superados los primeros deslumbres de la naturaleza que nos rodea, se serenen y podamos reconocer y explorar con su ayuda el espacio y la atmósfera donde nos encontramos y ver qué relaciones, olvidadas las copas  del chillout vespertino,  se crean entre ella y uno mismo.  

  Un precioso instrumento de música nos puede seducir por su forma si vemos en él armoniosas líneas, equilibrio y contraste en su estructura y diseño; sufriremos  la necesidad de acariciar  los  materiales nobles con que está construido, y finalmente lo que deseamos es sentir su vibración en nuestras manos, si sabemos hacerlo, y dejaremos que su duende llegue hasta donde seamos capaces de permitirle entrar para que despierte y renueve sentimientos, recuerdos y sueños. Si éste final no se produce, nos habremos quedado en la simple contemplación del decorado.  

  Formentera es el instrumento; la música es su vibración, y esta vibración, como la música, puede, y debe, evocar los  sentimientos, emociones, y despertar los estados de ánimo a los que nos acabamos de referir, sin que aún sepamos bien  de dónde surgen. Pero es indudable que será con nuestros estados de ánimo, nuestros sentimientos, y nuestras propias sombras y luces más íntimas con lo que comencemos a olvidar el instrumento y su música para entrar en ese espacio profundo  en el que no hay palabras, pero es donde se cuece todo.

El modo, o estado, en que lentamente se haya llegado a este punto no  depende más que de la sinceridad del  escritor respecto a sí mismo;  de la objetividad con que habrá debido juzgar lo que hasta ese día ha traído consigo, y de lo acertado de las preguntas que se vaya haciendo. La objetividad y sinceridad es reconocer y delimitar con sus preguntas los filtros, las  ideas preconcebidas, las posturas deformadas, las actitudes subliminalmente impuestas: es la catarsis. Las respuestas a estas preguntas  se verán cuando la indefinición sea palabra.

  R.M. Rilke dice   (Rilke, R.M: 1980,  Cartas a un joven poeta, Alianza Editorial):   

Tenga paciencia frente a todo cuanto en su corazón no está todavía resuelto. Y procure encariñarse con las mismas preguntas, como si fuesen habitaciones cerradas o libros escritos en un idioma muy extraño. No busque de momento las respuestas que necesita. No le pueden ser dadas, porque usted no podrá vivirlas aún — y se trata precisamente de vivirlo todo  —. Viva usted ahora sus preguntas. Tal vez, sin  saberlo siquiera, llegue a interesarse poco a poco en las respuestas anheladas y, algún día lejano, se encuentre con que ya lo está viviendo también­. 

   Formentera propicia este proceso de interiorización y desprendimiento que todo poeta o escritor  debe realizar,  porque es indudable que para crear,  y damos por descontado que ya existía  la necesidad de expresar algo, necesitamos un clima de libertad, de  tranquilidad, serenidad,  tolerancia,  silencio. ¿Acaso Formentera no nos concede todo esto sin necesidad de rebuscar demasiado? Es fácil, si se tiene la predisposición, de perderse en la íntima ingravidez al contemplar la soledad desde La Mola o desde Berbería; sentirse frágil frente a la  grandeza de un  temporal de Tramontana observado al pie de sus acantilados. También es fácil volverse tenue en su silencio;  en el vacio de sus sombras; en sus paredes quemadas por el sol. Pero todas las aprehensiones que cualquiera sea capaz y quiera señalar, cada creador las reinterpretará  a través de  sus sentidos recién provocados,  y en su  interior iniciará un proceso que asociará a experiencias, ideas, formas anteriores renovadas y dispuestas ahora a la  concreción de lo que todavía es poco más que una forma intuida.

Lo que sí  es cierto, es que si extraemos  una experiencia de la relación entre el exterior y nuestra creatividad  y lo hacemos con los mismos moldes y con las mismas proformas anteriores, no habrá servido de mucho haber invertido tiempo y dinero en este viaje, porque el poso que finalmente quedará en el caldero de la creación será muy  parecido al que hemos estado usando hasta ahora, por tanto, puede que nos sea cómodo y fácil volver a comenzar con  este poso al que lo único que habremos hecho es cambiarle un poco el color y añadido algo más de sal. Pero no sirve.  Si el proceso de formulación de nuevas preguntas  ha sido capaz de despertar nuevas ideas, también  nos veremos obligados a  buscar otras vías para alcanzar distintas  formas con que mostrar lo que deseamos expresar, porque volver a decir lo mismo pero de otra manera es pura tautología, y no emplearemos aquí la estúpida palabra de moda: reinventarse, del mismo modo que sería estúpido reinventar la rueda, El Quijote o La Divina Comedia. Es necesario, con la imaginación liberada de peso, encontrar nuevas  interpretaciones a lo existente y partir de ellas  para dar con  nuevas posibilidades, porque el trabajo de la creación es abrir diferentes caminos y otra voz para expresar lo que al principio no era más que una inquietud: Formentera está llena de suaves caminos y voces que se pierden en la imaginación. 

   Si es verdad que, excepto para los demiurgos, nada puede surgir de la nada, también es cierto que  para que algo nuevo sea creado, previamente han de existir,  como mínimo, dos elementos para formar algo desconocido. Es inevitable crear contando con lo que ya se ha hecho, aunque se pueda disimular. Me gusta lo que dijo el pintor mallorquín  Miquel Barceló de que la  obligación de todo artista cuando acaba una obra es renunciar  a  ella y pensar en otra cosa distinta. (Aunque el artista  forma parte de su obra, como la fuerza del movimiento). 

Formentera,  con su libertad de evocación y de asociación de símbolos, nos proporciona,  a los emborronadores de cuartillas,  el empuje  para encontrar una nueva perspectiva y dejar deslizar nuestra creatividad por unas aristas que desconocíamos  — aunque posiblemente siempre estuviesen en donde las hemos extraído —, pero si sabemos, lo haremos con la sensibilidad y la lucidez más afinadas, ágiles y receptivas. Aprovechar el sonido de Formentera para apartarnos de la carga y tensión  social  que toda persona lleva a cuestas  — y un creador esto lo soporta en grado superior —, o dejarnos ventilar por el viento renovador y la luz cambiante de Formentera  son simples  fórmulas para comenzar a observar el mundo, y observarse a uno mismo y a la realidad plena de evidencias que teníamos ante la vista y que habíamos sido incapaces de reconocer.  

  En ‘El misterio de la creación artística’, Stefan Zweig (Zweig, Stefan: 2007, Ed. Sequitur)  se preguntaba si no era la observación y la auto observación la principal condición previa de un poeta. Y es que vivir como poeta no es pasarse el día escribiendo rimas tontas sobre las puestas de sol y las olas del mar, quizás, vivir como poeta ni siquiera implique escribir una sola línea, sino pasar al otro lado del espejo de la edulcorada Alicia en su maravilloso país, para observar  y verse a uno mismo desde el otro lado y, después, creer en lo que uno siente, aunque con esto ocurra que, de pronto, nuestra atención vuele lejos: a quinientas millas baleares de La Sabina. No importa.

  ¿Acaso han reflejado el espíritu de Formentera en su escritura autores próximos a ella? recuerdo, por ejemplo, la novela ‘Moira estuvo aquí’ (Torbado, Jesús: 1975, Ed. G.P.) donde Formentera es un lugar remoto con una libertad incipiente en una España oscura. Al margen de Moira, la inaprensible Moira, lo que desvela la historia es el miedo del protagonista capitalino a una auto libertad que de forma inexplicable parecía comenzar  en aquel escollo arisco, medio africano, perdido por un Mediterráneo  europeo que aparentemente sólo pensaba en fiestas, sexo y holganza: es el miedo a salir de la normalización, de lo archiconocido, de ser una pieza insignificante en un mundo incomprensible pero previsible, para entrar en la responsabilidad del libre albedrio y en la inseguridad de lo nuevo que venía a decir Erich Fromm en ‘El miedo a la libertad’ (Fromm, Erich: 1947, Ed. Paidos Ibérica).  Montserrat Roig, escribió parte de ‘L’hora violeta’ (Roig, Montserrat: 1980, Edicions 62) en Formentera, concretamente en Es Caló; apenas aparece la isla en la novela: una playa y el viento, si no me equivoco. Pero para mí, la frase que he incluido al principio es esencial en su trabajo y reflejo del efecto, o de algún razonamiento, que ella se haría cierto atardecer en el que la imagino observando en silencio la atracción del  horizonte desde la terraza de Can Rafalet. Quizás —  y esto es algo que ya no se  lo podremos preguntar a ella  —, la abrumó un temor remoto a  que el exceso de placidez y belleza de aquellos días en Formentera sofocase la motivación literaria.  El  poeta mallorquín  Andreu Vidal no reflejaba  la  isla  en ninguno de sus poemas por mí conocidos, ni los tópicos  resabidos, además ignoro si anduvo por allí alguna vez,  pero, sin saber por qué, he visto en sus poemas la oscuridad de pesadillas que sólo he tenido en la isla. En  algunos poemas de Vidal he vuelto a asociar el vértigo real que he padecido al asomarme a los acantilados con el vacío interior que sólo en esa isla he sentido. Con sus poemas, donde no habló de ningún paisaje  de calendario, he recordado cuando he sentido el paso del tiempo y de la muerte tras él por los caminos arenosos y serpentinos que bordean, o bordeaban, muros de pared seca. Y he recordado  observar  las rendijas de aquellas piedras resecas por el viento y el sol donde  quizás  aún  se pueda escuchar el eco de voces antiguas. También he vuelto a recordar la luz y la silueta de  una vieja isleña con sus grandes faldas  y su  sombrero  de paja por esos caminos  a los que he comparado con la vida que se renueva a sí misma,  porque vi  en la silueta de aquella anciana a la misma mujer  que de manera similar pasó por allí, bajo aquel sol,  hace cien años, como hará alguien, cien años después de mí.  Pero también en sus poemas he vuelto a sentir el viento y la luz de la isla en mi rostro, con la música, el amor y la necesidad de hablar y escribir que allí se revitalizaban cada  vez que regresaba: una veces con toda  la plenitud insular, y otras con un pequeño detalle como observar unos pies y unas manos desnudas sobre una roca húmeda de Migjorn.

  No sé por qué, pero en pocos espacios, como en Formentera, se me ha agudizado esta carga de sugerencias creativas que al escribir  ha hecho sentirme vivo de otra manera. Las metáforas, las comparaciones, las imágenes, las asociaciones de formas, parecen  elementos inextinguibles: motivaciones a las que debemos dejar entrar por la puerta grande y permitir que nuestros sensores actúen libremente allí donde nos encontremos. Cuando algo despierta un sentimiento impreciso, aunque no sea más que una sombra fugaz, si nos detenemos, acabaremos olvidando lo que tenemos delante de la vista, por muy espectacular que sea, y llegaremos hasta el fondo de lo que hasta ese momento parecía inexistente. Quién  sabe si una de las causas de esta carencia de peso específico  que hace que podamos mover las cosas por nuestro interior  sin esfuerzo aparente,  sea la engañosa proximidad y al mismo tiempo lejanía de los límites de la isla.

Y después ¿Qué hacer con todo esto? ¿Qué hacer cuando nos plantamos, repentinamente desiertos e indefensos, ante la terrible hoja en blanco?: ese  puente roto, como el poema de Lowry, que nos une con la realidad a la que tras un largo tiempo girando en torno a nuestra conciencia, hemos de mostrar con palabras exactas pero vivas lo que a ella debe ser expuesto y juzgado. ¿Nos esconderemos asustados bajo una piedra como las verdes lagartijas formenterenses?

“Resulta dificilísimo expresar con palabras de una forma clara lo que aún está oscuro en el pensamiento” (Flaubert, Gustave: 1852, Carta a Louise Cloet);  “A veces pienso que no hay palabras para expresar la verdad”  (Dylan, Bob: Gates of Eden). A esto no podemos responder. Cada escritor o poeta, debe  buscar  las palabras que más capaces sean de aproximarse a  la oscuridad que hay en su  pensamiento o a su inexpresable verdad con todo su matiz. En estas ocasiones de incertidumbre, la única salida,  una vez más, es ser sincero  con uno mismo. Si a la hora de afrontar el deshacer y hacer literario — en este orden —, hemos permitido que el Ángel Misterioso de Formentera nos ayudase a  alcanzar un estado máximo de naturalidad, conocimiento y cercanía interior,  sólo nos queda permanecer en ese estado y comenzar el arduo dibujo con las palabras como frontera y punto de partida.    

Palabras. Llegada la hora de buscarlas ¿Puede ayudar Formentera? Yo no lo sé, porque las palabras que elijamos, precisas  o desenfocadas, serán las elegidas por nuestra intuición y experiencia: significados con los que pretenderemos dar forma y dimensión a algo abstracto que otros deben reconocer  y ver en ellas lo que con esfuerzo hemos ido encofrando en nuestro laboratorio mental. Pero lo que sí que creo es que Formentera, a su estilo, puede ponerse de nuestra parte. Formentera, como es comprensible, jamás podrá dictarnos con  qué palabras ni qué forma darle a  lo que ya necesitamos sacar a la luz, pero sí que cuando una vez más la observemos y nos dejemos entenderla, veremos que,  en su  propia  manifestación de la naturaleza que la ha creado y sostiene, nos puede llegar a sugerir un modo de acercar la expresión escrita al objeto que queremos transmitir;  a acertar con la palabra que encaje; a su concatenación y armonía en el conjunto (o ambigüedad, desunión  y desconcierto, si esto es lo que deseamos comunicar). Formentera es Formentera  es Formentera  es Formentera, Gertrude  Stein dijo esto referido a una rosa en su poema ‘Sacred Emily’, y ésta es la  reflexión que yo extraigo de su modelo,  porque Formentera, como piedra que sobresale del mar,  es una lección y ejemplo de franca expresión natural que no entiende de estéticas políticamente correctas ni de barroquismos trascendentales: Formentera se expresa a sí misma a  través de Formentera, y una rosa expresa una rosa.

Cuando he observado y sentido dentro de mí  el azul de su cielo en días limpios y aireados, no hay otras palabras más exactas que “el azul del cielo” para definir lo que guardaré por  algún rincón de  mi memoria;  la “transparencia del mar”, porque es transparencia y sólo transparencia lo que atraviesa mi vista. ¿Cómo puedo dar idea precisa  de la  fuerza de la Tramontana que doblega y retuerce los pinos  si no es  describiendo con estas  palabras la potencia del viento? Formentera, un lugar  donde la naturaleza se excede en muy poco, no entiende de paredes níveas, inmaculadas, albinas, intachables, irreprochables: las paredes blancas de las iglesias, son blancas: ¿Hay alguna palabra con mayor dimensión y resonancia  que “soledad” para expresar  lo que siente una persona en un espacio vacío donde la vista y el pensamiento el único punto material con el que tropezar es uno mismo? Si diseñadores de lo inútil pretendiesen disfrazar a Formentera de isla caribeña o de paraíso hawaiano, ya no sería ella, nosotros tampoco.               

Según mi simple criterio, hemos expuesto  algunos de los aspectos positivos y favorables que por asociación, o por deducción, el escritor de fuera de  Formentera puede encontrar en ella para ayudarle en su tarea, aunque sólo sea para hacer una reconstrucción íntima que al principio puede ser difícil y desalentadora.  Ahora corresponde dedicar unas líneas  a los  aspectos de Formentera que, yo creo,  se pueden convertir en  enemigos o desviacionistas  (vaya palabra),  del trabajo creativo.

Pienso, casi al azar, en Picasso, Baudelaire… y me pregunto si el ‘Bombardeo de Guernica’  hubiese mostrado, con los mismos claroscuros, el sentimiento interno con que la bestialidad de la guerra ensombreció el ánimo de Picasso  si su estudio hubiese estado situado en lo alto del mirador de Formentera; sobre el mar y sobre la Humanidad.  ¿Podemos imaginar a Baudelaire percibiendo el aroma seco de las sabinas, cuando  se oye el mar próximo y  un último sol otoñal calienta sus manos,  mientras absorto escribe?: 

Ah ¿Por qué no parí un ovillo de víboras

En lugar de dar vida a irrisión semejante?    

Oh, maldita la noche de placeres efímeros       

En que pudo mi vientre concebir la condena

(Baudelaire, Charles: Las flores del mal, Bendición: 1984,  Editorial Planeta)         

Mi intuición me dice que sí que es posible. Porque ellos, en su fiebre creadora, no se hubiesen detenido en la  evidencia de lo superficial. Detrás de la irrenunciable libertad íntima que el escritor necesita para hacer su trabajo, debe estar el deseo o necesidad personal de escribir, porque escribir siempre es un efecto provocado por algún motivo. Si el escritor en Formentera, confundido con las primeras impresiones, se limita a dejarse emborrachar por las bellezas,  primores y mieles de la isla, y su pensamiento se distrae con las loas celestiales, las filosofías y cantos de sirena que la isla, astutamente, sabe promover, ya no estará haciendo un verdadero trabajo literario, sino que simplemente estará tejiendo un bordado frívolo y fantasioso sin proyección alguna: una novelita de playa atiborrada de estereotipos pintorescos con la isla como “marco incomparable”. Cuando el escritor, pasado un tiempo y ya de vuelta a su entorno relea lo escrito, se encontrará con un lindo souvenir donde  no verá por ninguna parte ni un rastro de  creatividad ni esfuerzo de profundización.  Quizás, ni oiga la verdadera voz de Formentera, y entonces comprenderá que ha dejado escapar un buen tiempo de reflexión, auto conocimiento y creación en libertad y serenidad.

Algunos aseguran que todo lo que nace a la vida trae consigo la causa de su propia muerte, entonces, todo lo que nace en Formentera también lo hace con su íntimo virus mortal. Y este virus se activa en el momento en que lo nacido entre los humos de colores de la isla  sale de ella, pues su virus mata por inanición;  por la falta del hábitat que mantiene vivo lo que sin mayor fundamento hemos intentado crear en  Formentera. Por esta razón, pretender conservar como elemento puro el espíritu que parece haberse unido a nosotros en la Formentera de las fantasías,  es absurdo e inútil: pronto desaparecerá entre las paredes de nuestros laberintos ciudadanos. Pero sí que podremos conservar nuestros Guernicas, nuestras flores malditas, nuestras horas violetas.

Y de nuevo la pregunta ¿Puede Formentera aportar algo en el quehacer literario, o puede perjudicarlo? Creo sinceramente que depende del escritor y no de Formentera: Formentera es un espacio, un teatro bellísimo, pero  vacío e inútil  hasta que cada persona  lo descifra e interioriza; puede ser un caballo desbocado entrando como  una tromba en nuestra cabeza;  provocar un desastre pseudo creativo sin mayor trascendencia y salir con toda su corte por donde ha venido si no domamos a ese caballo; es la Tramontana, vandálica o enloquecedora, si nos coge desprevenidos, pero enriquecedora  si sabemos utilizar su carácter y naturaleza  para ponerla a nuestro favor y no en la utopía, porque si no, Formentera, en lugar de dejarnos una impronta imborrable y útil casi para siempre,  no será más que el encantador sueño de una noche de verano: es lo que, quien quiera vivir como poeta o escritor, debería controlar con su pie descalzo.    

Luis López Sanz

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