EL BOTAS, NOVELA: Prólogo y algunos párrafos

kdp-el-botas-portada-libroHola, añado a continuación el prólogo y unos fragmentos de los capítulo I y IV de mi novela ‘El Botas’ (actualmente en oferta pre venta de AMAZON).
La historia de ‘El Botas’ es una historia sórdida, dura y oscura de un personaje desviado de su propia persona y de su percepción que se mueve en un mundo deformado tanto fuera como dentro de él mismo y en el que ya no existe ni la voluntad del cambio; hasta que hechos externos le fuerzan a algo que ya parecía desechado: decidir sobre su propia vida y su identidad.
Es una novela corta en la que la transformación simbólica de la realidad obliga a ejercitar la imaginación para movernos entre unos personajes y una mansión degradados por el tiempo y la conciencia.

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El prólogo:

Siempre hay miedo a volver a ciertos lugares y cuando se vuelve, se tiene el presentimiento —que en realidad no es más que el deseo disfrazado—, de que ésa será la última vez, entonces uno procura pasar casi sin tocar el suelo, con la sospecha de que acabas de ser reconocido, y entonces se buscan las sombras y los rincones porque se recela de cada tipo con quien nos cruzamos en el camino, y aumenta la presión interna, quizás sin fundamento, para acabar cuanto antes todos los asuntos y desaparecer.
Así iba el Botas por el zoco con los últimos bultos cargados a la espalda. Aunque hoy era un zoco casi desierto, formado por un puñado de chamizos hechos con plásticos y uralitas, restos de muebles y residuos de contenedores que se apuntalaban con maderas y cuatro cañas en un terreno fangoso lleno de restos imprecisos, entre los que revoloteaban moscas y perros esqueléticos que iban husmeando de un lugar para otro, todo bajo un cielo eternamente aceitoso sin posibilidad alguna de otras alternativas.
Desde la última vez, meses o años atrás, el arrabal había menguado: menos puestos, menos gente y más barro, más moscas, más perros y las aguas que rodeaban medio barrio se veían y olían más turbias y podridas: mundo de extramuros pero no menos que algo parecido a la desconfianza por estar en aquel lugar. Las causas, si es que existían, ya las había olvidado, se habrían quedado detrás del arrabal, por las entrañas de la ciudad, donde las pestes de afuera llegaban convertidas en vagos temores.
Sin embargo, sin que el Botas lo supiese, aquel era su último viaje al zoco, porque en muchas ocasiones —y esto el Botas, como buen navegante, sí que lo sabía—, cuando se hacen determinados movimientos, o se varía la posición, también varía nuestro viento y se tiene que rectificar timón y quizás hasta nos obliga a corregir el rumbo, pero volver atrás es imposible, y aunque al principio se sienta cierta inquietud por lo que pueda aguardar en el camino de regreso, al final no habrá más remedio que acomodarse a la oscura situación.
Al Botas ya nunca más se le volvió a ver por el zoco, aunque durante el futuro que se le aproximaba, tendría poca o ninguna necesidad de acordarse del barrio, no volvería por tanto el recelo al tener que hablar, tratar y comerciar con la gente, siempre osca, de los puestos; hoy se acabaron para siempre los rodeos de despiste con los sacos a cuestas, vigilando (sospecha que podía ser probable) que nadie le siguiese los pasos por los callejones de la mala hora hasta la rampa pegada al dique sucio, abandonado desde hacía años, donde solía amagar el bote debajo de un cobertizo herrumbroso con su mujer, quien le aguardaría con su silencio y en su inevitable penumbra.
Pero aunque el Botas quitase el zoco de su memoria para siempre, la verdad es que nadie iba a echarlo en falta, porque quizás alguien ya había comenzado a escribir otras páginas de su vida sin pedir permiso a nadie.

Capitulo I

El Botas remaba muy lentamente, dejando que la corriente le empujase sólo lo justo. La barquichuela, un trasto viejo despintado y herido por la carcoma, con el Botas y la Quemada a bordo, remontó con pesadez uno de los pasillos y luego se introdujo en una alcoba espaciosa sumida en escasa luz. Antiguos pájaros de mármol chocaban entre sí produciendo un ruido seco de piedras que se perdía en ecos cada vez más imperceptibles por los rincones de otros pasillos y habitaciones cuya soledad, quizás, jamás había sido estropeada por seres de este mundo.
Al Botas le vino la imagen de una mujer de pelo rojizo que desde un lugar sin dimensiones ni tiempo, podría haber estado observando toda la historia desde el comienzo hasta el momento en que un tal Rilper, personaje de edad imposible y siempre vestido con total elegancia, aparecía fumando su pipa por la borda de un antiguo yate y alzaba la mano para saludarlo, y enseguida se introducía en el camarote de primer oficial. También se vio a sí mismo mientras subía con toda tranquilidad la escalerilla del yate, como si ya lo hubiese hecho otras veces, porque así era como en su imaginación, el Botas se figuraba que sería el momento de la muerte.
Desde el centro de la alcoba, el agua se elevaba en rampa y salía por una puerta enorme, sin embargo, la fuerza del agua no era suficiente como para levantar la barca y arrastrarla hacia la puerta. El Botas conocía este lugar (…). Con la barbilla apretada sobre el pecho y la vista fija en el fondo de la barca, clavó los remos en el agua espesa, como si estuviese navegando sobre montículos de arena. A cada golpe de remo, expulsaba y tomaba aire resoplando con esfuerzo. Por un momento, levantó la vista y miró a la Quemada en el banco de popa, su figura le molestó. (…) Ella, embutiéndose en la manta pardusca, se acurrucó más en la popa, hizo un silencio, y como si ella misma se respondiese a quien sabe qué pensamientos, dijo algo parecido a madre mía de mi alma querida

(…)
La Quemada, mirando hacia arriba sin ver, pareció adivinar el pensamiento del marido, y contestó que su madre de su alma había desperdiciado los años de su juventud para sacarla a ella adelante. Sin mirar a la mujer, el Botas clavó los remos en el agua y recordó a la Zéfiro, mujer extraña que le infundía un temor oscuro cuando la había llevado a algún lugar en su barca; miedo que luego se convertía en delirio eufórico de adolescente recién estrenado entre las piernas de la Mujer Increíble, cuando en la soledad de su casa, se apartaba de sus escritajos y recordaba la mirada de la Zéfiro sobre él: aquella mujer tenía mirada de profeta y manos de diosa, sin sombras, inmortales, con viento en lugar de sangre.
Luego intentó recordar si por aquel entonces el mar, aunque fuese a intervalos tan separados entre sí como un sol de otro, sufría las convulsiones de vitalidad que tiene cualquier cosa viva. También intentó recordar si todavía las luces eran brillantes, y si toda la casa no era, como ahora, más que una angustiosa sucesión de pasillos, habitaciones, antesalas, salones, comedores, vestíbulos, despachos, buhardillas, bibliotecas, salas de actos, salas de estar, salas de no estar…, pero no consiguió recordar; no podía saber si las imágenes que con esfuerzo traía al umbral de la conciencia eran verdaderos recuerdos o invenciones, quizás sueños, ni tampoco lograba archivarlos correctamente en la casilla que a cada imagen le correspondía en su lugar cronológico exacto: palabras, situaciones, personas, hechos y lugares se mezclaban entre sí en un desorden tan irreal que ni en su época de mayor agilidad intelectual hubiera sido capaz de conseguir.
Impetuoso de pronto su pensamiento quiso ir por todos aquellos lugares de la casa que el Botas, consciente o inconscientemente se había prohibido y los había convertido en espacios clausurados, como si no hubiesen existido jamás: lugares de la mansión donde no había lugar posible para la Quemada, ni para sus hijos, ni tan siquiera para la Zéfiro real. Se estremeció y sintió miedo de sí mismo. Fijó su atención en la Zéfiro para apartar de un manotazo cualquier otra idea y comenzó a gruñir, o algo parecido, que durante aquellos viajes, él remaba y la Zéfiro lo observaba.
—¿¡Lo oyes, perra!? ¡La Zéfiro y yo nos mirábamos…!—Pero la Quemada seguía inmóvil, sin ver y sin escuchar.
(…)

Capitulo IV
(…)

La Quemada, pegada de espaldas a la pared se desplazó hacía una esquina de la pieza diciendo que su madre del alma había dado toda su vida por ella. Cogió a los críos y se apartó hasta meterse detrás de una cortina de plástico color plomo que corrió hacia un lado. Ya no se les veía.
—Pero ahora ya no me importa nada, sinceramente. Todo me da lo mismo: ilusiones de joven, eso es lo que yo tenía en mi cabeza: espuma y burbujas de joven —dijo el Botas. Bebió.
—¿Saben ustedes? muchas veces me he arrepentido de tener eso que ustedes han llamado inteligencia. Todo rasgo de inteligencia es un estorbo, y la felicidad sólo está en la estupidez, como ella o como cualquier otro —dijo mirando al tercer funcionario que aún no había abierto la boca—. La mejor inteligencia es la que se forma en el culo, toda lo demás son figuras de cortar y pegar: mentiras. Inteligencia…, el único momento inteligente en mi vida es cuando olvidé mi nombre y me convertí en el Botas, dije entonces adiós a todo y comencé este otro camino. Mi mujer y yo hubiésemos sido un ‘sólo uno’ en breve espacio de tiempo si… —se rió y bebió de la botella.
El Cruja interrumpió y dijo que ya era suficiente.
—¿Suficiente? —repitió el Botas— no, aun no, el mar está casi muerto, pero todavía queda mar que a veces se mueve y luces terribles que me impiden dormir. ¿Cómo habría sido con la Zéfiro?: ella sí que hubiese sido suficiente para mí.
Soltó otra risa como la de antes y se sentó a la mesa, calló en seco, miró turbiamente a su alrededor y oyó al policía de la voz aguda que decía algo en voz baja a su cuñado, pero todo era demasiado confuso y como si hablasen un idioma que no era el suyo ni quería entender. Y como nada tenía más valor que el vino que se estaba bebiendo, tampoco merecía la pena conservar la lucidez que le hacía más crítica cada hora; cuando su entendimiento se empeñaba en dar forma y orden a la guarida en que había metido su vida.
Se levantó como pudo y tambaleándose llegó hasta el armazón de tablas y planchas de hojalata que simulaba un armario, sacó otra botella y se bebió la mitad con los ojos cerrados, la dejó sobre la mesa, el de la voz aguda la cogió y terminó repartiéndola entre ellos tres. Mientras bebían, el Botas dio cinco o seis pasos torpes hasta la puerta entreabierta. Afuera, el embarcadero se fundía con trazos imprecisos en un agua castrada que se dejaba caer no muy lejos, por detrás del horizonte de terracota.

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Gracias

Ll.L.S.

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